La cotidianidad se hace más fácil con la presencia de nuestros amigos, esas personas con las que coincidimos en muchas cosas: desde gustos musicales, hasta maneras de resolver conflictos.
Algunos duran solo una etapa, como aquel amigo de la primaria que parecía inseparable, pero ahora solo se responden historias de Instagram. Sin embargo —y afortunadamente— conservamos amigos que hasta parecen de nuestra familia.
Este tipo de relaciones son prácticamente humanas. Un estudio publicado en la revista Nature & Anthropology titulado “Más Allá de la Genética: Explorando los Aspectos No-Biológicos del Parentesco en Tiempos Prehistóricos” (Beyond Genetics: Exploring Aspects of Non-Biological Kinship in Prehistoric Times) reveló información interesante sobre los vínculos amistosos de los primeros humanos.
Durante una exploración arqueológica en Turquía, el equipo de Sabina Cveček encontró entierros, por debajo de algunas viviendas, que datan de hace más de 8,000 años. Las primeras suposiciones señalaban que estos espacios estaban reservados de forma exclusiva para los familiares de esos hogares.
Pero al analizar el ADN de los restos, el equipo halló que muchos de los entierros incluían personas sin ningún lazo consanguíneo con el clan familiar. Estos hallazgos sugieren que la noción de "familia" para aquellas sociedades iba más allá de la genética. Es decir, desde hace ocho milenios —o quizá más—, la familia incluía amistades estrechas.
Esta relación involucraba, sin lugar a dudas, un cuidado conjunto entre sus miembros. Hacerse cargo de otro es, al mismo tiempo, base fundamental de la sociedad. Ya lo decía lo antropóloga Margaret Mead: el primer rastro de humanidad es hacerse cargo del otro. Ambas percepciones desafían fuertemente las concepciones actuales. Es decir, la familia no se conforma únicamente por relaciones genéticas, y la sociedad se basa en el cuidado, más que en la competencia.
Eso mismo sucede actualmente. No solo es el padrastro o la madrastra al adoptar a los hijos de su pareja, sino también es esa amiga de tu mamá que siempre llamaste tía y después te enteraste que no era “verdaderamente” tu tía, o todos tus amigos y amigas que te cuidaron cuando te fracturaste el brazo izquierdo por jugarle al skater.
En el Día del Amigo, que ayer se celebró en el sur de América, vale la pena repensar el concepto de amistad. Especialmente la de aquellos que rompieron la barrera de conocidos y a quienes, sin titubear, podemos llamarlos familia. Después de todo, no estamos innovando: hace muchísimos años, esas familias de Turquía ya lo hacían.


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