Durante
décadas, la perspectiva de género ha sido erróneamente percibida como un asunto
exclusivo de las mujeres. Sin embargo, al analizar la realidad de los hombres
jóvenes, resulta evidente que las estructuras tradicionales de género también
pueden convertirse en una trampa para ellos. La obligación cultural de encarnar
a un proveedor infalible, un ser emocionalmente inquebrantable y un competidor
agresivo no los está haciendo fuertes; los está quebrando. Aplicar una
perspectiva de género al análisis de las masculinidades jóvenes no es un ataque
contra los hombres, sino una herramienta para liberarlos de mandatos que pueden
afectar su bienestar y aislarlos.
El
análisis de género permite comprender algunas de las causas sociales y
culturales que se encuentran detrás de las problemáticas de salud que enfrentan
los hombres jóvenes, incluida la salud mental y las conductas de riesgo. Una de
las manifestaciones más graves de esta dinámica ocurre precisamente en estos
ámbitos. Por ejemplo, los datos globales muestran una paradoja: aunque las
mujeres jóvenes presentan mayores tasas de diagnóstico de depresión y ansiedad,
los hombres registran tasas de mortalidad por suicidio significativamente más
altas. La dificultad para expresar el malestar y el estigma asociado con buscar
apoyo psicológico —percibido todavía por algunos como un signo de debilidad—
pueden llevar a los jóvenes hacia conductas de riesgo, consumo problemático de
sustancias o aislamiento.
En
este sentido, la salud de los hombres jóvenes puede deteriorarse en silencio,
afectada por mandatos invisibles: la exigencia de mostrarse invulnerables ante
los riesgos, entender la fuerza como resistencia y recurrir a la violencia como
forma de ejercer control. Históricamente, la virilidad se ha medido por la
capacidad de soportar el dolor sin quejarse, trabajar hasta el agotamiento y
resolver los problemas en soledad. Hoy, muchos hombres jóvenes siguen pagando este
impuesto de género con su cuerpo y su bienestar emocional. El mito del «sexo
fuerte» contribuye a sostener una crisis de salud que la atención médica, por
sí sola, no puede resolver, porque sus raíces también son culturales. La
masculinidad hegemónica no los protege del sufrimiento; puede privarlos de
herramientas emocionales para afrontarlo.
Los
hombres jóvenes no recurren al consumo excesivo de alcohol, a conductas
temerarias o a otras prácticas de riesgo únicamente por razones individuales o
biológicas. También existe un mecanismo social de validación de la virilidad.
Desde la infancia, el llanto puede ser castigado con burlas y el miedo puede
etiquetarse como cobardía. Al limitar las posibilidades de desarrollar un
lenguaje emocional saludable, la sociedad puede empujar a los adolescentes a
canalizar la frustración mediante la violencia, la temeridad o las adicciones.
La masculinidad hegemónica funciona como una armadura rígida: protege la imagen
pública, pero puede asfixiar por dentro a quien la porta. La falta de espacios
donde los jóvenes puedan cuestionar estas expectativas sin temor a ser juzgados
también los deja expuestos a discursos digitales que pueden aprovechar su
soledad y desconcierto.
En
cuanto a la salud física, la presión por ajustarse a los cánones estéticos y de
rendimiento también ha llevado las preocupaciones relacionadas con la imagen
corporal hacia terrenos tradicionalmente asociados con los hombres. Fenómenos
como la vigorexia y la dismorfia muscular pueden verse favorecidos por
contenidos digitales que promueven cuerpos hipermusculados y por prácticas de
consumo de sustancias o productos destinados a modificar el rendimiento o la
apariencia física. A esto se suma la falta de atención preventiva: algunos
hombres jóvenes acuden a los servicios de salud únicamente cuando el malestar
se vuelve difícil de ignorar. El autocuidado todavía puede asociarse
culturalmente con lo femenino, lo que dificulta que muchos jóvenes incorporen
la prevención como parte de su bienestar.
El
verdadero desafío de las políticas públicas y de la educación contemporánea es
ofrecer modelos de masculinidad que resulten atractivos, habitables y
saludables. Necesitamos construir identidades masculinas basadas en la
corresponsabilidad, el autocuidado y la empatía, y demostrar que la
vulnerabilidad es una condición humana, no una debilidad de género. Integrar
esta mirada en las escuelas, los hogares y las comunidades es un acto de
justicia social indispensable. Solo cuando permitamos que los hombres jóvenes
dejen de cargar con el peso del «sexo fuerte», podremos abrir la puerta a vidas
más libres, plenas y seguras.
Sanar
a las nuevas generaciones exige desvincular el cuidado de la salud de la
necesidad de demostrar una masculinidad hegemónica. Necesitamos políticas
públicas que comprendan las barreras de género que enfrentan los hombres y que
creen espacios de atención médica y psicológica libres de juicio. Enseñar a un
joven que pedir ayuda es un acto de valentía, que el dolor físico requiere
atención y que la vulnerabilidad es una condición humana fundamental no
significa debilitarlo. Al contrario: construir masculinidades corresponsables
con el propio bienestar puede ser un camino para que dejar de ser el «sexo
fuerte» signifique, por fin, empezar a vivir más y mejor.
Mtra. Teresa Ramos
Arreola
Directora General del
Centro Nacional de Equidad de Género, Salud Sexual y Reproductiva


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