La
decisión de Rubén Rocha Moya de regresar a la gubernatura de Sinaloa
y separarse nuevamente del cargo poco más de un día después, dejó algo más que
una crisis política local. Colocó sobre la mesa una pregunta incómoda para el Gobierno
de la República: ¿hasta dónde puede llegar la autonomía de un gobernador
cuando su permanencia en el cargo tiene implicaciones para la relación con Estados
Unidos (EE. UU.), la seguridad y la credibilidad de las instituciones de México?
El
caso ocurre en un momento de creciente tensión en la relación entre nuestro
país y el vecino del norte. En las últimas semanas, el debate político mexicano,
impulsado por el oficialismo, ha convertido en asuntos de Estado
decisiones tomadas por autoridades norteamericanas, incluso cuando se trata de
medidas dirigidas a personas concretas.
Un
ejemplo fue la cancelación de la visa al hijo del expresidente Andrés Manuel
López Obrador, asunto que generó una fuerte reacción dentro de Morena y
que algunos sectores del partido presentaron como un agravio a la soberanía
nacional.
Más
allá de las diferencias entre ambos casos, hay un elemento común: la dificultad
del oficialismo para administrar políticamente asuntos que tienen una dimensión
directa en la relación bilateral. Pero el episodio de mayor impacto
institucional ocurrió en Sinaloa.
Después
de varios meses de licencia, Rocha Moya decidió regresar a la
gubernatura en medio de los señalamientos de autoridades estadounidenses sobre
presuntos vínculos con integrantes del crimen organizado. El mandatario rechazó
esas acusaciones y sostuvo que las investigaciones realizadas en México no
han encontrado elementos que acrediten su participación en un delito.
Al
volver al cargo, Rocha Moya retomó sus actividades de gobierno, encabezó
la mesa de seguridad, reinstaló a la secretaria de Gobierno y se reunió con
integrantes de su gabinete y magistrados; recibiendo el respaldo del presidente
de la Junta de Coordinación Política (JUCOPO) y coordinador de Morena
en el Congreso local, Eligio López Portillo.
Ese
regreso fue mucho más que el ejercicio de una facultad legal, fue una decisión
que desafió a las instituciones del Estado y a la sociedad sinaloense
que lleva años padeciendo los efectos de la violencia. Desde el Gobierno
Federal, de las bancadas morenistas en el Congreso de la Unión, de
las gubernaturas estatales y de la dirigencia de Morena se marcó
distancia dejando claro que se trataba de una determinación personal.
Sumado
a ello, la presión aumentó en esa entidad y en el país, donde ciudadanos, organizaciones
civiles, sectores empresariales y distintos actores políticos cuestionaron su
regreso. Poco más de un día después, Rocha Moya volvió a solicitar
licencia y lo hizo con el argumento de que “Sinaloa, la nación y el
movimiento de transformación están por encima de todo”.
El
desenlace fue rápido pero sus consecuencias políticas no desaparecen, ya que
esta situación dejó expuesta una tensión que seguirá presente: la diferencia
entre lo que puede hacer legalmente un gobernador y lo que resulta
políticamente sostenible para un gobierno. Además, dejó otra interrogante, si
el Gobierno Federal mantiene su afirmación de que no existen elementos
para responsabilizar penalmente a Rocha Moya, tendrá que explicar con
claridad qué investigaciones siguen abiertas y qué se ha acreditado hasta ahora.
Mientras
eso ocurre, la incertidumbre tiene un costo político: Sinaloa necesita
autoridad, seguridad y confianza en sus instituciones, por su parte el Gobierno
Federal necesita mostrar que el combate a la impunidad no depende de quién
esté involucrado ni de su posición política, además de mantener una relación de
cooperación con EE. UU. sin convertir cada señalamiento en una disputa
política.
El desafío que deja el caso Rocha Moya es demostrar que las instituciones pueden estar por encima de las personas y que la autoridad política no se mide por la capacidad de resistir una crisis, sino por la capacidad de resolverla sin agravarla.


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